¿Qué pasaría si supieramos exactamente cuando moriríamos y de qué? ¿Tendría algún sentido la vida?

¿Y si supieramos que moriremos manejando, cuando al dar una vuelta nos estrellaremos con un auto que se nos metió de repente? ¿Entonces no daríamos vuelta ahi o no manejaríamos en absoluto ese día?

¿Y qué pasaría si conocíeramos que nuestro destino es morir en un asalto fuera de nuestra oficina? ¿Saldríamos más tarde, saldríamos por otro lado, saldríamos?

¿O qué pasaría que aun sabiéndolo demos vuelta por esa calle, salgamos de nuestra oficina como estaba preconcebido?

¿Seríamos tan tontos o tan valientes, como para correr de la muerte o afrontarla?

Por eso no sabemos como moriremos, la muerte es un asunto que no está en nuestras manos porque nunca tomaríamos una desición adecuada. Bien lo dice Jaime Sabines en su poema “Me encanta Dios”:

“[Refiriéndose a Dios] Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte para que la vida -no tú ni yo-, la vida, sea para siempre”

Tampoco es justo que nuestra muerte sea por la mano de otra persona, pero por más injusto que sea, es tan común que ya estamos estúpidamente acostumbrados.

Pero les voy a decir algo, no debe importarnos como moriremos, porque sin lugar a dudas tarde que temprano tendremos que morir, sólo debemos preocuparnos por vivir, eso si que está difícil pero también es lo que si está en nuestras manos.