Humo (v.inf)


Humo en las paredes hace llorar mis ojos

¿Por qué insistes en quemar esta ciudad?

Si lo que quieres es borrar mi recuerdo,

quema las cartas,

quema mis fotografias,

quema tus ideas,

pero no quemes el cerro,

no quemes el bosque,

no quemes mi ciudad.

Las llamas se ven un poco,

pero el humo se extiende por doquier,

gargantas secas,

ojos llorosos,

todo por odio,

todo por avaricia,

todo por no saber que hacer, que sentir, que pensar, como actuar.

Mi pecho arde de dolor,

el humo se acumula ahí también,

mañana lloraremos las cenizas,

serán la única huella,

cuando quieras buscar el bosque,

te pintarás de negro.

Fugacidad


Mis ojos no se abren por completo,

hay algo en su realidad que ya no les deja ver,

no son ojeras,

no es el suficiente cansancio,

es la dosis de que las cosas no han salido como las planeaste.

Ya son 30 años,

¿Quién diría que llegaría hasta aquí?

Viviendo de engaños

y muriendo en cada desengaño,

solo falsedades al abrir cada puerta,

solo relojería suiza hecha en China.

Me pedí olvidarlo

¿Pero si me quedan 30 años más de vida,

cómo hacerle para seguir si olvido y no aprendo?

No sé en que momento se me fue este tiempo

y aunque a la vez el dolor parece eterno,

la fugacidad de todo,

incluso de los sentimientos,

son la clave de mi vida.

Tal vez mañana baje un poco el ritmo y el tiempo no me tenga contra la pared.

Comenzar a vivir


Jamás recuperaremos ni los segundos y aunque los consideremos insignificantes, al final imploraremos por un segundo más.

La vida nos pasa y nosotros la desperdiciamos con 5 minutos más pegados al celular, con 5 minutos más de peleas innecesarias, con 5 minutos más de vídeos de YouTube.

Y así es el tren de la vida, en un momento te tocará verte al espejo y preguntar “¿Cómo llegué hasta aquí? ¿En qué momento paso todo esto?” Y aunque sabemos que tenemos la respuesta y sabemos que pudimos cambiar de camino, la verdad es que no lo hicimos y que ya no es momento de volver atrás, porque nada nos devolverá ese tiempo, ni una oración, ni el Dios más poderoso, ni el deseo más encarnado, ni la magia más blanca, ni si quiera la más negra.

Y seguimos dando vuelta a las páginas y nos falta tiempo para detenernos a pensar, aún sabiendo todo el que hemos desperdiciado, seguimos haciéndolo, la negligencia ya nos corre por las venas y no nos detenemos a decir “ahora sí, en este instante y momento, voy a comenzar a vivir”.

Por piedad, hazme este favor, y hazlo para ti mismo, sal a la calle y respira y prométete con todo tu corazón que de hoy en adelante no desperdiciarás el tiempo y comenzarás a vivir. Hoy.

La princesa subnormal


El insomnio no es el mayor dilema de la princesa que durmió cien años, su mayor disyuntiva es que no ha encontrado su lugar en este tiempo y este espacio.

Los castillos han resultado lugares caros para vivir, su linaje real decayó durante su largo reposo y se han tenido que mudar a un apartamento en una pequeña ciudad que está repleta de ruidos, robos y rarezas.

No se adapta a los autos y le cuesta sobremanera engancharse a una plática, ya sea sobre moda, música o Marte, que para el caso ya le da lo mismo, porque no entiende porque ha dejado de comprender al mundo y el mundo no logra entenderle a ella.

Los celulares le provocan un miedo insospechable, sus vibraciones, sus conversaciones encerradas en esa pequeña caja mágica, en sus tiempos esa clase de brujería era penada con la hoguera y en estos días incomprensibles hasta la costumbre de quemar a las personas ha perdido su lugar en la sociedad.

Por las noches sin sueño seguirá quebrándose la cabeza al intentar usar una computadora, algún día dejará de temerle a la estufa y a la regadera, aunque no dejará de extrañar a sus lacayos y a la corte real, lo que es verdad es que no volverá a ver al dragón de la torre en que le encerraron a dormir y por extraño que parezca ese detalle probablemente la haría acercarse más a lo que para ella era normal.

“Hoy lo normal está sobrevalorado” dice la princesa. Y estamos de acuerdo.

P.S.

Estimados lectores, pocas veces he tenido suerte en que algo de lo que escribo se refleje en un ámbito externo a este blog, pero quiero compartirles que este cuento ganó uno de los 5 premios del concurso “Cuenta con Nacho” un homenaje a Ignacio Padilla por parte de la FIL para conmemorar el Día Internacional del Libro. Y debo decir que si me da alguito de orgullo jeje. Fin del comunicado.

El pequeño Luis


“Vivir en esta ciudad chiquita tiene sus ventajas y sus desventajas” reflexionaba para si el pequeño Luis, que nunca creció porque la gravedad le afectaba más que a los demás.

En la ciudad de Luis no había muchos rascacielos y los autos no iban muy deprisa, hasta le hacía por momentos preguntarse quién le había bautizado como ciudad, parecía más un pueblo, pero siempre había escuchado Ciudad Verde y no tenía sentido ponerse a discutir sobre el título de esa población.

Su trabajo era tedioso, pero interesante a la vez, el se encargaba, como trabajador subcontratado del gobierno de la ciudad, de limpiar ventanas en la ciudad. Ya sé que Luis se decía que era una ciudad pequeña, pero en los dos años que llevaba trabajando no había limpiado una sola ventana dos veces y no es que dejara tantas ventanas sin limpiar, solo que quera parte de una cuadrilla bastante grande y nunca repetían el mismo lugar.

Cuando limpiaba una ventana que le parecía particularmente conocida, no pasaba de ser que fuera la de un conocido o que simplemente se pareciera mucho a otras más, pues las ventanas son muchas iguales, lo distinto son los contenidos y eso no cesaba de sorprender.

“No se si nací para esto” eran pensamientos que invadían la mente del pequeño Luis que no temía a las alturas y se la pasaba brincando de una escalera a otra con presteza y agilidad y pasaba a la siguiente ventana y encontraba algo más que ver dentro de ella, algo que lo podía espantar, maravillar, aburrir o simplemente no le despertaba interés alguno. “Pero lo hago bastante bien” y así concluía sus pensamientos diarios para ir a dormir y al siguiente día volver a limpiar ventanas hasta que un día las haya limpiado todas para una vez más volver a empezar “Si que lo hago bien”

Divagaciones del 18 de Abril del 2017


Le tengo miedo a las sillas eléctricas,

pero eso no les quita su atractivo.

Mi sombra me habla por las noches,

dice que así es más fácil que la confunda con mi conciencia.

Mis uñas me han dolido desde la semana pasada

¿será porque las corté a la luz de un cuarto menguante?

Los calcetines se pierden en la noche

y encuentran su alma gemela camino al mar.

He pensado en volver a usar lentes,

para amplificar mi vista y dejar de ver a los demás como quiero que me vean a mi.

Le falta un árbitro sacerdote a mi corazón,

para que le expulse los demonios.

Necesito una regla que mida lo que escribo,

en ocasiones son puros disparates.

En ocasiones mi vida es un disparate

y la tuya también lo es

y si en ese margen de anormalidad podemos encontrar algo en común,

pues a la mierda con lo que el mundo considera normal,

al cabo lo normal siempre fue lo más difícil con fachada de simple.