La princesa subnormal


El insomnio no es el mayor dilema de la princesa que durmió cien años, su mayor disyuntiva es que no ha encontrado su lugar en este tiempo y este espacio.

Los castillos han resultado lugares caros para vivir, su linaje real decayó durante su largo reposo y se han tenido que mudar a un apartamento en una pequeña ciudad que está repleta de ruidos, robos y rarezas.

No se adapta a los autos y le cuesta sobremanera engancharse a una plática, ya sea sobre moda, música o Marte, que para el caso ya le da lo mismo, porque no entiende porque ha dejado de comprender al mundo y el mundo no logra entenderle a ella.

Los celulares le provocan un miedo insospechable, sus vibraciones, sus conversaciones encerradas en esa pequeña caja mágica, en sus tiempos esa clase de brujería era penada con la hoguera y en estos días incomprensibles hasta la costumbre de quemar a las personas ha perdido su lugar en la sociedad.

Por las noches sin sueño seguirá quebrándose la cabeza al intentar usar una computadora, algún día dejará de temerle a la estufa y a la regadera, aunque no dejará de extrañar a sus lacayos y a la corte real, lo que es verdad es que no volverá a ver al dragón de la torre en que le encerraron a dormir y por extraño que parezca ese detalle probablemente la haría acercarse más a lo que para ella era normal.

“Hoy lo normal está sobrevalorado” dice la princesa. Y estamos de acuerdo.

P.S.

Estimados lectores, pocas veces he tenido suerte en que algo de lo que escribo se refleje en un ámbito externo a este blog, pero quiero compartirles que este cuento ganó uno de los 5 premios del concurso “Cuenta con Nacho” un homenaje a Ignacio Padilla por parte de la FIL para conmemorar el Día Internacional del Libro. Y debo decir que si me da alguito de orgullo jeje. Fin del comunicado.

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El pequeño Luis


“Vivir en esta ciudad chiquita tiene sus ventajas y sus desventajas” reflexionaba para si el pequeño Luis, que nunca creció porque la gravedad le afectaba más que a los demás.

En la ciudad de Luis no había muchos rascacielos y los autos no iban muy deprisa, hasta le hacía por momentos preguntarse quién le había bautizado como ciudad, parecía más un pueblo, pero siempre había escuchado Ciudad Verde y no tenía sentido ponerse a discutir sobre el título de esa población.

Su trabajo era tedioso, pero interesante a la vez, el se encargaba, como trabajador subcontratado del gobierno de la ciudad, de limpiar ventanas en la ciudad. Ya sé que Luis se decía que era una ciudad pequeña, pero en los dos años que llevaba trabajando no había limpiado una sola ventana dos veces y no es que dejara tantas ventanas sin limpiar, solo que quera parte de una cuadrilla bastante grande y nunca repetían el mismo lugar.

Cuando limpiaba una ventana que le parecía particularmente conocida, no pasaba de ser que fuera la de un conocido o que simplemente se pareciera mucho a otras más, pues las ventanas son muchas iguales, lo distinto son los contenidos y eso no cesaba de sorprender.

“No se si nací para esto” eran pensamientos que invadían la mente del pequeño Luis que no temía a las alturas y se la pasaba brincando de una escalera a otra con presteza y agilidad y pasaba a la siguiente ventana y encontraba algo más que ver dentro de ella, algo que lo podía espantar, maravillar, aburrir o simplemente no le despertaba interés alguno. “Pero lo hago bastante bien” y así concluía sus pensamientos diarios para ir a dormir y al siguiente día volver a limpiar ventanas hasta que un día las haya limpiado todas para una vez más volver a empezar “Si que lo hago bien”

El camaleón que no quería serlo


En la sabana sub-sahariana vivía un Camaleón que no quería serlo.

Se paseaba por la arena y se tornaba rojizo, de subía a las piedras y se volvía gris, al recorrer los arbustos verdes era su color y en la noche negra, su piel mutaba al más negro de los tonos.

Todos lo admiraban y le envidiaban, ¡qué habilidoso era! -decían, ¡quisiera ser como él! -murmuraban.

Pero el camaleón vivía en soledad y en su soledad se lamentaba de no ser como los demás, de que nunca lo veían, de que se perdía entre las cosas y que gracias a eso nunca podría amar.

Al paso del tiempo, la razón fue del camaleón, murió en soledad, nadie lo extrañó, a lo más se preguntaban de su paradero y ellos mismos se contestaban, ‘déjalo, no pasa nada, igual está camuflado detrás de una piedra, si lo ves mañana, lo saludas de mi parte’.

Fantasma de marzo


Hablando con mi conciencia le veo parado en el arcén,

teléfono en mano,

parece despreocupado,

parece peligroso.

Corro de él y su sombra me sigue a todos lados,

está en mi espejo retrovisor

y ahora en el lateral,

se encarama en el cofre,

se sube al techo.

Me persigue su fantasma asombrado de que le he matado,

no entiendo su sorpresa,

él se lo ha buscado.

No sale de mi mente,

no sale de mis sueños,

no sale de mi vida,

¿Qué maldición me he buscado?

Mañana todo habrá terminado,

el trabajo quedará finiquitado,

pues su corazón con un puñal de plata en una cruz tendré clavado

y así por fin,

dormiré en paz.

¿Por qué nadie me cree?


Les juro que yo no quería matarle, es más yo le amaba.

¿Por qué nadie me cree?

Era una noche tranquila, paseábamos por el callejón y fue un instante solamente en el que parpadee y su cabeza estaba estrellada contra la acera, pasó justo como la última vez y la vez anterior a esa y todas las demás que no sé si llegaré a recordar.

¿Por qué nadie me cree?

El juez y todos los testigos se burlaron de lo que llamaba ingenuidad, la transformaron, crecieron y convirtieron en un monstruo llamado cinismo, salido de un cruel y despiadado ser humano y vaya que ese ser humano era yo.

¿Por qué nadie me cree?

No me creyó mi padre ni me creyó el abogado, no me creyeron ni mis vecinos ni mis amigos, no me creyeron mis primos ni los veteranos, todos creyeron lo mismo, el único error era que yo no estaba encerrado.

¿Por qué nadie me cree?

Pedí una audiencia con el presidente, me la otorgaron, él quería verse bueno y magnánimo y yo solamente parpadee y su cabeza terminó estrellada en la acera una vez más y ahora soy el héroe y no entiendo realmente, el hecho de que nadie me cree.

El avión se estrelló


No soy supersticioso y no tengo muchos miedos de esos considerados irrazonables, le temo a la violencia y a la inseguridad del país, pero creo que pocos no le temen a eso. Le temo de una manera extraordinaria al agua fría, es una sensación que no puedo enfrentar, incluso no la puedo tomar fría, no el agua natural, sé que es raro, pero excentricidades todos las tenemos.

Nunca le he tenido miedo a los aviones y ninguno de ustedes debería, así que no creo que debería contarles nada sobre un vuelo de avión, no es nada extraordinario que precisamente hoy decida compartir con ustedes algo tan intrascendente como un vuelo de avión.

Por lo que he oído por ahí, es más peligroso manejar un carro, hay más accidentes en estos últimos que en un avión y en lo que a mi concierne, temerle a un avión es lo mismo que a un autobús, un barco y para todo el caso un taxi mismo, son vehículos de los que no tenemos control alguno porque nosotros no los manejamos y no habrá cosa en el mundo, ni decisión que tomemos para evitar que alguno de estos se estrelle o tenga un percance, no controlamos las condiciones de vuelo o navegación, no manejamos tampoco el auto que se pueda estrellar contra mi taxi ni podemos evitar de manera alguna que un rayo caiga en una turbina o en un barco. Así que considero que temerle a volar en un avión es uno de los miedos más irrazonable.

Y heme aquí a punto de tomar un avión y reflexionando por estos temores irracionales al llegar al aeropuerto. He de aceptar que me daba más miedo perder el vuelo y perderme este fin de semana en La Paz, que si bien fue planeado con poca antelación, si es un pretexto para desconectarme de mi vida común.

¿Por qué temí perderlo?  Bueno, me quedé dormido esta mañana y mi familia que me llevaba al aeropuerto y yo salimos tarde de la casa y pasamos por mi amigo en un punto acordado y él si estaba allí a tiempo; pero íbamos tarde y había escuchado cosas raras sobre esta aerolínea de bajo costo, como que eran muy inflexibles con los horarios de documentación, que siempre volaban con retraso y que también eran inflexibles con el sobre-equipaje y yo llevaba una maleta demasiado grande para ponerla en el compartimento superior del avión. Demasiadas preocupaciones para unas vacaciones que debían hacerme olvidar de mis preocupaciones.

Y sin embargo llegamos a tiempo y sin embargo todo fue excelente con las maletas y estábamos con unos minutos de antelación en la sala de abordar, lo suficiente para comprar un café y una dona para hacerle olvidar al estómago que no habíamos desayunado.

Llegamos a la puerta de la cual salía el vuelo y mi amigo y yo continuamos con la charla trivial que  llevábamos desde que subió a al carro familiar, nos emocionamos con el viaje, iba a ser increíble y la primera gran señal de que todo iba a salir a pedir de boca es que el vuelo iba a salir extraordinariamente a tiempo, eso sí que era bueno, siempre temí a esta aerolínea de bajo costo porque solía ir siempre tarde y cancelaba vuelos a diestra y siniestra y ahora nos llamaban a abordar justo a tiempo, vaya que eso si era bueno.

La chica en el mostrador de abordaje llamó nuestro grupo para subir a un camioncito que nos llevaría a la puerta trasera del avión, ya que estábamos abordando un avión con solo 30 filas y nos tocaba en la fila 18, apenas pasada la mitad, lo cual estaba bien, el avión no iba lleno y no moría por estar en la parte del frente para bajar a toda prisa, como a veces lo hago en vuelos grandes que llegan a aeropuertos grandes y en los que andas haciendo todo a máxima velocidad.

Subimos por una escalera la cual me causó gracia que tenía el letrero de trasera, como si se pudieran equivocar, pero vaya a saber uno que cosas les han pasado en los aeropuerto que necesitan incluso etiquetar escaleras. El avión parecía limpio y olía bien, mi amigo y yo nos sentamos en los asientos asignados, él en el 18A (la ventanilla por supuesto, el compró los boletos) y yo en el medio en el 18B, pero por suerte nunca hubo un pasajero en el 18C que pudiera bloquear mis salidas al retrete, si es que necesitaba hacer una.

Me llegó a pasar por la cabeza, que podíamos no despegar a tiempo, tantas cosas pueden pasar, como me había pasado ya en vuelos previos, como una vez en Atlanta que al avión se le descompuso algo del aire acondicionado y duramos dos horas y media arriba del avión, a media pista, esperando que llegaran a reparar la maldita pieza o la vez que iba con el Cristo en la boca porque volábamos a Dallas de mi oriunda Guadalajara y que nos dejaron como 50 minutos en el camioncito de abordaje, porque estaban lidiando con unos problemas técnicos del avión. Vaya las cosas que recuerda uno en esos momentos, siendo que no recordaba ni lo que había cenado ayer.

Comencé a ver otros pasajeros, como el que alegaba con unas señoras que se habían sentado en su lugar, pero le convencieron de cambiarle para que el fuera más delante y ellas juntas; también presté atención a la señora grande y a la señora no tan joven que iban el asiento delante de mi, parecían mamá e hija. Y como olvidar a los orientales del asiento trasero que mezclaban su idioma con algunas palabras de español; e incluso tuve un poco de tiempo para criticar a los chicos que iban al lado mio que parecían de esos chicos ricos que usan de esos peinados ridículos de moda y que miran a todo el mundo como si no mereciéramos su presencia en ese vuelo barato. Conté algunos cuantos sombreros y varias gorras y pensé que había olvidado ponerme la mía y debería estar de lo más despeinado.

Hice mis oraciones antes de despegar, siempre lo hago aunque no le tema a los vuelos creo que más vale pedirle a Dios que nos eche una manita. Y cuando seguía teniendo recelo en la velocidad del despegue, las ruedas del avión comenzaron a moverse y fue un momento extraordinario para que mi amigo y yo sacáramos nuestros libros, son buenos compañeros de vuelo, te sirven para intercambiar algunas impresiones y a la vez para decir que estábamos preparados para desconectarnos o bien para en verdad leer o para que fuera un preámbulo para dormir. Yo leía un libro de Pérez-Reverte que no me estaba fascinando mientras recuerdo que mi amigo llevaba un libro de Bolaño con pasta azul.

Y el avión despegó, se elevó con la clásica torpeza del pájaro de acero que cruje, retumba y se estremece porque está creando la potencia para elevarse a una altura antinatural para un aparato tan pesado. Y fue momento adecuado para dormir y despertar y volver a dormir y ojear la revista del avión y descubrir que la aerolínea volaba a destinos a los que probablemente nunca volaría, como Tepic, que para mi resulta mejor manejar desde mi casa que pagar por un vuelo tan corto. La Paz era otra cosa, volar tomaba sólo hora y media, pero si iba en carro desde mi casa tomaría casi 24 horas sin apenas parar.

Y pasados unos treinta minutos llegó la hora en que los sobrecargo venderían  sus alimentos chatarras y mal elaborados por un precio exorbitante, si le di un vistazo a lo que ofrecían en el vuelo, pero nada me convencía en realidad. Las sonrisas prefabricadas contra su nulo interés en vender la mercadería se movía a través de los pesados carritos por el pasillo, creo que para ellos lo mejor sería no vender nada, más pronto se desafanaban. Pero noté algo un poco extraño, no llevaban mucho tiempo vendiendo, ni muchas filas avanzadas cuando regresaron a sus bases, no sé porque, a lo mejor les avisaron que una turbulencia venía, ya había visto esto suceder en algún otro vuelo.

Estaba en ese estado de tonta reflexión, de leer sin atención, cuando hubo algo que en verdad captó el 100% de mi atención; el sobrecargo encargado del vuelo, el de mayor rango tomó el micrófono para decir las siguientes alarmantes palabras: “Disculpen señores pasajeros, queremos preguntar si entre ustedes se encuentra algún médico, enfermera  o alguien con alguna clase de entrenamiento médico, porque creemos que tenemos una emergencia médica en el vuelo”. O eso es lo que recuerdo que dijo.

No saben todo lo que esas palabras detonaron en mi mente ociosa, me sentí en la película o en la serie para la que se diseñaron esas exactas palabras, porque es verdad, en mi vida había vivido la presencia de ese extraño juego de palabras en un avión, recuerdo algo así de la serie Dr. House y apostaría que es una línea recurrente en algunas películas de vuelos, pero no en mi vida, no en ese momento, no en un vuelo de Guadalajara a La Paz, no a mi, no no no, no estaba pasando en realidad. Aunque en realidad, si estaba pasando.

El vuelo por completo entró en esa extraña calma, en la que volteamos a buscar al médico y en el que vi a una señora joven de unos 40 años, de cabellera rubia tomada por una liga y formando una coleta pararse en las líneas de atrás y caminar al frente. Pero antes de pasar por mi lugar también alcancé a ver a un señor de camisa gris, lentes de armazón negros y una calvicie que me cuesta describir, pararse en la línea cinco. En la estupidez de mi agilidad mental, aposté que el señor era médico y la señora enfermera, nunca lo corroboré con certeza, pero cuando el señor se colgó el estetoscopio y regresaron a la señora al asiento detrás dándole a entender que el “médico” se encargaría por ahora, algo en mi cabeza haciendo click y diciéndome que había ganado esa apuesta.

Entró esa electricidad tensa en los pasajeros, todos hablando muy bajo, murmullos de todos lados, con las preguntas comunes (comunes es sólo una palabra estúpida, en esa situación creo que nada es común) ¿Qué está pasando? ¿Quién es el pasajero enfermo? ¿De qué se enfermó? ¿Cómo demonios podría alguien saber la respuesta a cualquiera de estas preguntas?

Y en varios asientos que veníamos en pares, comenzamos a intercambiar impresiones, a tratar de cachar alguna señal de lo que estaba pasando, en esa clase de charla/murmullo de rumores de pasillo, en la que las señoras de adelante nuestro al parecer corroboraron su teoría con una simple frase “Es la señora que estaba enferma en la sala de espera, que mala suerte, no debería haber volado”.

¿Había un antecedente? ¿Había una señora enferma? ¿Voló aunque alguien le hizo el comentario de que no debía hacerlo? ¿Es verdad? ¿Son rumores?

Todo me tenía bastante confundido, cuando decidí aventurarme a asomarme al pasillo, ya que nadie me obstruía en el 18C, en efecto, había una señora, blusa azul y lo que percibí como una cabellera con bastantes canas entre el bosque de piernas de sobrecargo y pasajeros que no me permitían apreciar con claridad lo que pasaba, aunque ahora lo que pienso, no me incumbía lo que pasaba, aunque una pequeña voz tonta en  mi cabeza decía “Si te incumbe, vas en este vuelo ¿o no?”

Divagando e intercambiando rumores vi pasar de nuevo a la “enfermera” a la cual volvieron a llamar, veía al “medico” pararse y agacharse, con agujas en la mano y con el estetoscopio al cuello y las señoras del frente se volvieron a nosotros para intercambiar su conocimiento que confirmaba lo que les habíamos escuchado decir: la pasajera iba en la primera fila, era grande de edad, pero Dios vaya a saber que tanto, volaba con su esposo e hija, en la sala de espera no tenía buena pinta, sudaba, se veía afiebrada y mal en general, ellas le echaron una mano y le dieron desinfectante en gel, ese a base alcohol para que lo oliera y se pusiera en las manos, eso siempre ayudaba cuando uno se sentía mareado.

La desinformación fluía, nadie podía adivinar si la señora estaba mejorando o empeorando, no había gritos ni voces estridentes desde el frente del avión, movimiento si, pero nada que arrojara una luz en este evento del todo inusual y desconcertante.

Y justo cuando nos hervía la sangre y nos carcomía la mente por la desinformación llegó una voz que tenía que proceder de la cabina del piloto, porque el sobrecargo no tenía el micrófono en mano, el mensaje que salió por las bocinas terminó por enmudecer al avión por completo: “Estimados pasajero, debido a la emergencia médica que les fue anunciada hace poco, tendremos que pedirles su comprensión debido a que tendremos que hacer un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Mazatlán debido a esta emergencia médica, agradecemos su comprensión y en breve les daremos más información”. No recuerdo que sean las palabras exactas, pero eso es lo que mi pequeño cerebro recuerda.

¡Mierda! Mi cerebro es bastante estúpido, tenía ideas tontas en la cabeza, una parte de mi se preguntaba si en verdad Mazatlán tenía un aeropuerto, porque en mi vida había escuchado hablar del mismo o si íbamos a aterrizar en una narco-pista, otra parte de mi cerebro se estrujaba pensando que íbamos a hacer si la señora se moría, que demonios me incumbía, yo no iba a hacer nada, no debería preguntarlo siquiera.

Cómo trabaja la cabeza sin cesar en las situaciones más extrañas, imaginándose  posibles escenarios y tragedias. Una parte de mi completamente egoísta me hizo pensar que acababa de perder mi fin de semana magnífico en La Paz, íbamos rumbo a una excursión a una isla desierta cerca de la ciudad portuaria y seguro que se iban a ir sin nosotros. Otra parte de mi se imaginaba cosas raras como que la señora ya había fallecido para ese entonces o que llegando a Mazatlán nos pedirían de favor donarle sangre (no sabía que tenía, ni quien era y ya estaba pensando si pudiera donarle sangre). Una parte muy recóndita en mi cerebro se imaginaba que era el primer vuelo del piloto (nunca lo vi para saber si era joven o viejo) y que por este cambio de planes no sabría manejar la situación y se estrellaría.

La verdad no pasó mucho rato del anuncio al aterrizaje, habrán sido máximo 15 minutos, pero para mi y para la mayoría de los pasajeros fue una eternidad, los rumores seguían avanzando de una fila a otra, muchos afirmaban que la señora ya estaba controlada pero que no debía seguir en el vuelo (claro dada la basta experiencia de todos nosotros pasajeros en esta clase de situaciones, estábamos calificados para emitir esta clase de aseveraciones), otros decían que se veía muy mal y que moriría si no la atendían en seguida al aterrizar, lo que si, desde que el sobrecargo hizo el primer extraño anuncio, lo que no había eran certezas.

Todos seguimos intranquilos el descenso, vimos la costa y lo seco del aeropuerto, casi desértico, era un aeropuerto muy pequeño y como por arte de magia los que pudieron se asomaron a buscar por la ventana lo más lógico que debería aparecer en la pista: Una ambulancia. Después de varios murmullos hubo quién tomó la primicia y dijo, miren ahí está la ambulancia y un suspiro generalizado de alivio se sintió en todo el vuelo cuando eso se confirmó.

Al bajar todos nos sentíamos ansiosos, el avión avanzaba por la pista y todos estábamos exasperados porque no frenaba. Después de lo que nos pareció una eternidad el avión se detuvo y esperábamos ver un par de paramédicos con sus maletines y una camilla para hacer el rápido traslado de la señora al hospital más cercano y casi como clarividentes confirmamos casi todo, con excepción lo de la camilla, el par de paramédicos subió al avión sin camilla ¿Cómo la iban a trasladar así?

Todo mundo se puso tenso, nadie nos decía nada aún y vimos a los hombre de blanco sacar agujas y utensilios o artilugios médicos, en las asomadas al pasillo percibíamos el intercambio de impresiones con los familiares y el médico que la atendió en el avión y la tensión aumentó con las palabras del sobrecargo líder: “Pasajeros, por favor les pedimos atentamente permanecer en sus lugares, en cuanto sepamos que hacer o como vamos a proceder les avisamos”.

Se sintió electricidad en especial con eso de “cuando sepamos que hacer” y la tensión aumento, así como la ansiedad, el avión era muy pequeño para poder expresar toda esta tensión, así que por arte de magia, como si nos hubieran dado la indicación, todo mundo nos lanzamos a nuestros teléfonos,  llamadas, whatssaps, redes sociales para contar la parte incompleta e incomprensible a familiares y amigos de lo que estábamos atravesando, contando las rarezas de las situaciones sin saber exactamente que era lo que estaba pasando.

Por una de estas aplicaciones avisé a nuestro amigo que nos esperaba en La Paz lo que había sucedido y dijo que vería como hacerle con la excursión para que nos esperara, pero que aún había algo de tiempo, podríamos volver a despegar y estar ahí a tiempo, a lo que una parte dañina y sarcástica de mi quiso contestar, “claro estamos a cargo y en completo control y conocimiento de la situación, por lo que claro que estamos seguros de que llegaremos a tiempo”, pero al contrario conteste con un”esperemos que sí, pero por cualquier cosa seguiré en contacto para avisarte”. Creo que fue la respuesta más adecuada.

La inquietud se sentía en la atmósfera y seguía al camino hacia el fondo del avión cuando veíamos a los paramédicos hacer lo que parecían técnicas de resucitación (RCP) y empezamos a pensar lo peor confirmado en un mensaje clave lanzado otra vez por el piloto, porque no vimos a los sobrecargo tomar el micrófono: “Señores pasajeros, les pedimos de manera más atenta bajar por la parte trasera del avión, tomen sus pertenencias de los compartimentos superiores y háganos el favor de esperar en la sala de espera a que les demos información de como vamos a proceder” Esas palabras no se podían traducir de otra manera como: “Por favor bajen del avión, porque la señora se murió y no sabemos que vamos a hacer” No lo tuvo que decir con esas palabras, pero fue lo que claramente nuestro cerebro escuchó.

Y empezamos el silencioso y pesado trajín de tomar las cosas y bajar con más lentitud de la normal por la parte trasera, en estado de shock y en calma, con la mayoría diciendo y pensando “Qué mala suerte para la señora” “Pobre señora” “Pobre familia”; sentimos la necesidad de descargar nuestra tensión empatizando con personas deconocidas.

Yo en ese estado medio aturdido pasé a bajar mi mochila demasiado grande pensando tonterías, como de que ahora tendría que cargarla por un buen rato, como que nos dejarían ahora si con toda justificación los del viaje a la Isla, como que me dolía la panza porque no había desayunado y sin pensarlo me dolió de verdad al ver una imagen que aún no borro de mi cabeza, se me ocurrió echar un vistazo hacia la fila 1 y no se aún como se me ocurrió hacer cosa más estúpida cuando me topé con la misma señora que vi a la gente atender hace rato, con su blusa azul empapada, con sus manos tendidas, sabiendo que no volvería a levantarse, con su cabeza canosa sin nada que la tapara, ahí sin nadie, ahí sin nada, sin nada de vida.

Aturdido por la imagen me bajé del avión y caminé siguiendo a la gente y con mi manía de echar vistazos volví mi cabeza a la puerta delantera del avión como vi a mucha gente volver la vista hacia esa zona y vi a un par de personas que no volvería a ver nunca más estrechándose en un abrazo desconsolado, eran sin que tuviera la información para confirmarlo, el esposo y la hija de la ahora fallecida.

Lo que siguió fue un par de horas de desinformación, de calor, de whatssaps con personas a la distancia intercambiando opiniones y hechos falseados de lo que nos había tocado vivir, discutir con otros pasajeros las versiones e impresiones de lo que nos había sucedido sin que nos hubiera sucedido nada en verdad, no a nosotros y por eso agradecimos a la vida una oportunidad más, porque el avión si se estrelló esa vez, figurativamente, pero no para nosotros, solo para aquella señora.

Mi amigo y yo esperamos como todo el mundo, pero nosotros en la privilegiada zona del bar de la sala de espera, con una cerveza y un Daiquiri de limón, oyendo tonterías, chistes, versiones, inventando tonterías, como dar una justificación a la espera, si era porque no llegaba el ministerio público, que si era porque esperábamos otro avión, cavilando la posibilidad de seguir nuestro camino en ferry y un montón de tonterías más, hasta que después de lo que pareció una eternidad y con el caos que  genera una espera desinformada y otro vuelo que se aprestaba para abordar escuchamos en los alto-parlantes las milagrosas palabras “Pasajeros del vuelo 2442 con destino a La Paz favor de abordar”. Una respiración contenida se hizo sentir en la sala de espera, del estilo de “estamos salvados”.

Nos hicieron abordar a todos por la puerta de atrás y ya todo se sintió avanzar con más rapidez, todos acomodados, el despegue, la frivolidad de la aerolínea para lidiar con la situación regalándonos frituras y refrescos, el aterrizaje y el anuncio del piloto de agradecernos por la atención con la situación especial, pero que nos esperaban nuevamente utilizando los servicios de la aerolínea.

Ya no sé que pensé de lo que pasó, el fin de semana siguió, una de las dos embarcaciones de la expedición nos esperó para ir a la Isla, porque creyeron que era lo prudente dada la situación y llegó el momento de compartir la historia con cada persona que nos topamos que se enteró del evento, sumábamos o restábamos información a la versión, traducíamos al  inglés a algunos estadounidenses de la expedición y aún regresando a la casa creo que seguimos contando la extraña historia por semanas a cuantos tuvieron alcance de una pequeña pieza de esta historia.

Creo aún ahora a la distancia que sigo sin tenerle miedo a los aviones, lo que sí, no dejaré de echar un vistazo a las personas que subirán a mi vuelo y si veo a alguien enfermo, probablemente vuelva a compartir esta historia con ellos, para que no esté de más, a lo mejor evito que se estrelle el avión de otra persona.

 

Nota del autor:

Esta es una historia rara pero verídica, me pasó y sentí la necesidad de compartirlo por este medio, me llevó tiempo y a lo mejor no es del todo fiel y pero así lo percibo yo a la distancia.