Maniquí


Llegamos los dos a casa, con rapidez subí las escaleras cargándola, no me molesté en prender la luz, me desvestí y la metí en la cama, con agilidad, con ritmo, con la excitación de un muchacho, la desvestí con facilidad cubriéndola de besos, de los pies a la cabeza, le besé los muslos, le besé el pubis, le besé los senos y entonces descubrí el mal sabor del plástico, descubrí el olor del caucho y el frío del látex, vi en su cara la falta de emociones, vi en su piel la falta de sensaciones, sentí las fibras que simulaban su pelo, cual peluca falsa, observé la pintura, esa antinatural pintura, que por más que la besara, la lavara y la rozara con mi cuerpo, jamás la podría borrar de su rostro ¿cómo no me di cuenta antes?, ¿en dónde cometí el error?, ¿por qué tomé el maniquí equivocado? ¡Yo no quería la rubia! ¡Mi fantasía está arruinada sin una pelirroja!

Nota del autor:

Este escrito es sencillo, pero me agrada el desencanto, me ha pasado en otro tipo de circunstancias, completamente distintas a esta. Escrito originalmente el 7 de de Julio del 2009

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Sin amor, sin edad, sin alma


Él era como cualquier otro chico, flaco, enfermizo, apenas si pasaba la adolescencia, era su edad dorada, descubriendo el mundo, descubriendo la vida, descubriendo su cuerpo y el cuerpo de esos ángeles caídos.

Ella ya había pasado su mejor época, su cuerpo distaba del de una jovencita, aún no era vieja, pero ya había algunas arrugas arañando su rostro. Tenía unos ojos grandes, bellos, habían visto mucho en esta vida, conocían lo que había que saber, sabían que era tarde para el amor, pero mientras la carne viviera, aún era tiempo para el placer y el deseo.

El destino, Dios o el Diablo cruzaron sus caminos y sus soledades se volvieron en tardes de calor.

Ella le enseñó el arte de la cama, le quitó el miedo y la ansiedad, le enseñó el rito cadencioso del sexo, le mostró las maneras del deseo y del placer, le mostró el gozo y todo lo que un hombre debía saber de una mujer.

Él se creía, se sabía un hombre, su cara de niño lo ocultaba, pero había una cierta confianza y una sonrisa complaciente que demostraba que había cosas que los jóvenes de su edad aún tardarían en aprender, si es que algún día eso sucediera. El creía que eso era y sería para siempre amor.

Hubo peleas, riñas, exabruptos, cosas que hay entre quienes comparten una intimidad, pero nada podía ser mayor y ni siquiera igualar lo que ellos en un mismo lecho habían dulcemente recorrido. Sus manos conocieron sus cuerpos, palmo a palmo, recorrieron mucha piel y muchos músculos, la sangre fluyó torrencialmente y la temperatura nunca perdió un solo grado de todos los que había ganado.

Pero era una pantalla, eso no era amor, era una mujer desesperada buscando un abrigo para el invierno de sus noches, para el frío de su soledad, para la nieve del deseo muerto, era una prueba propia y única de que sus carnes aún tenían mucho que dar y más a un hombre joven, con todo un apetito insaciable y la vida en frente, alguien a quien no podía dañar, alguien tan tonto que pudiera confundir amor y sexo y que algún día lo llegaría a olvidar.

Él nunca supo por qué se fue, cómo acabó, había un lazo tan especial, las tardes y las noches eran bellas, eternas, había tanta pasión, tanto como en los libros que ella leía, ¿cómo podía ser irreal?

Nunca hubo una respuesta, la intimidad nunca ni con nadie fue igual, nunca puso en práctica lo aprendido en aquel invierno y siempre se culpó, él sabía que de algún modo él había obligado la partida y por eso se atormentaba, porque necesitaba un perdón, un perdón que nunca llegó, porque nunca hubo que perdonar.

Nota del autor:

Para este escrito me inspiré un poco en la bellísima película “The Reader”, de la también bellísima Kate Winslet. Escrito originalmente un 27 de mayo del 2009.

Rojo carmesí


Rojo carmesí son tus labios y también tus uñas,

carmesí son tus vestidos y tus prendas más íntimas,

igual tus tacones y esos aretes escandalosos,

porque también rojo es el corsé que atrapa tus ya estrechas caderas.

 

Rojo carmesí son tus sueños y tus penas,

tu sangre y tu corazón,

rojos son mis delirios cuando pienso que alguien el algún momento, también te poseyó,

de rabia roja se llenan mis días al pensar que tocó tu cuerpo,

que rozó tus labios,

que paso sus manos por toda tu hermosa figura

y que en algún momento tus rojas vestiduras te quitó.

 

Y sufro y lloro y te pregunto,

¿qué fue lo que entregaste?

¿qué fue lo que más gozó?

¿por qué no te negaste?

¿por qué permitiste que en la intimidad, un hombre distinto a mí, oliera en tus pechos el perfume de las hermosas rosas rojo carmesí?

rojo carmesí son las nubes llenas de sangre y dolor,

pues el día que quise tenerte toda para mí,

me dijiste adiós.

Nota del autor:

Este escrito aunque no le haya gustado a mis detractores a mi me gustó bastante, también me lo dijo un buen amigo, Memo alias “Gullermo Padilla”. Originalmente escrito una noche del 27 de Mayo del 2009.

Fuegos nocturnos


La noche cambia las pieles,

prende pasiones y las llamas lamen el sudor,

el sudor de los amantes,

que en la noche recorren distancias kilométricas

sólo para tocarse,

sólo para tenerse,

para sentir en su cuerpo esa naturaleza animal.

 

Los pequeños juegos se desarrollan,

con ternura y con precisión,

las bocas se encuentran

y las manos nunca pierden su lugar.

 

Todo está dispuesto,

todo en su tiempo y lugar,

para crear en esta noche un fuego,

un fuego de deseo,

entregando a los brazos del amante los cuerpos,

para que muera para siempre la semilla de la soledad.

Nota del autor:

Esto fue escrito un miércoles 20 de mayo del 2009

Misma sensación cada mañana, mismo deseo cada noche.


Y se vuelve a despertar,

le ve acostada a su lado,

repasa con su mente lo hecho en la noche

y no recuerda algo malo,

no recuerda ningún error,

una sonrisa se dibuja en su cara

y se ve tentado a pasar sus dedos por la piel tan blanca,

piel tan blanca y desnuda,

que en un inmenso baile,

fue recorrida,

centímetro a centímetro,

sin dejar pasar un palmo,

sin olvidar un poro, un vello, una gota de agua que se resbalaba lentamente,

tiernamente,

lamiéndola toda,

en un contacto tan puro, profundo y sincero,

que era irresistible, era inolvidable y tan envidiable,

cada gota la conocía, como le conocía él.

 

Cada mañana despierta con esa sensación de satisfacción,

con un mismo rezo,

que cada noche la pasión se desborde con la misma exactitud,

con la misma belleza,

con el mismo amor

y que nunca, en toda la eternidad,

se extinga el fuego

y se sustituya ese rito de amor,

por un control y una televisión.

Nota del autor:

Fue escrito una madrugada del 12 de mayo del 2009

¿Qué es?


Amor y pasión,

Amor y sexo,

Amor y sensación,

Amor y deseo.

 

Deseo y carne,

Deseo y miel,

Deseo y sensualidad,

Deseo y piel.

 

Piel y poder,

Piel y cuero,

Piel y placer,

Piel y calor.

 

Calor y metal,

Calor y olor,

Calor y sudor,

Calor y amor.

 

Es todo lo que siempre has soñado,

Es todo lo que siempre has querido,

Es todo lo que te hará siempre luchar,

Es todo lo que nunca olvidarás.

Nota del autor:

Escrito el 11 de mayo del 2009

Los juegos de los hermosos días aquellos…


Todo día con la mente en la noche, los preparativos son insuficientes para momentos tan especiales, pero siempre hay algo en la maravillosa espontaneidad que ni los más imaginativos planes podían igualar, era la belleza del juego, era el sueño del amor, era una noche de aquellas en que una simple mirada y una amplia sonrisa en su mujer, le anunciaban que esa noche era diferente, que lo cotidiano iba a ser relegado y que el amor ye alcohol fluirían con tanta rapidez, que la pasión rozaría las llamas al llegar el alba.

¿Qué faltaba por preparar? Velas, chocolates, esa hermosa lencería brillosa y los encajes, los sensuales disfraces, las palabras soeces que no aparecían en ningún guión, pero que nunca eran inadecuadas en los momentos en que la noche despuntaba.

¿Había algo de cuero? ¿Esta noche habría cadenas y antifaces? Cómo saberlo, el solo tenía que ser paciente, que lo que pasaría estaría a cargo de la más dulce de las damas, que en ciertas ocasiones de dama no tenía absolutamente nada, era más bien la cazadora de hombres que apostaba su cabeza en un juego de moral disoluta, de una pasión tan extrema que llegaba a una tierna violencia y que disfrutarlo como actor principal era la gran recompensa.

Y se va el sol y llega la noche, llega con flores, no rosas, sino astromedias, como acordaban en las citas no acordadas y al abrir la puerta, nada, había luz normal, nada de cera, nada de velas y en el dormitorio, su mujer con un terrible dolor de cabeza. Que me parta un rayo, piensa el romántico afligido, que sus deseos terminarían sin respuesta y todo la pasión terminaría con un baño y una pequeña válvula de escape en la regadera y aguantar como campeón, hasta la próxima luna llena.

Nota del autor:

También original del 8 de mayo del 2009