Desapareció


Por increíble que parezca se lo tragó la tierra,

se lo llevó el mar.

Yo me seguía cayendo a pedazos,

poco a poco,

porque cada vez que decía que no le buscaría más,

iba y le veía pasar por el único lugar donde sabía que le iba a encontrar

y aunque no interactuábamos,

me dolía verle,

me dolía leerle,

ver como estaba enamorado de alguien que no era yo ni por error.

Y hoy iba a mi martirio diario

y no está,

desapareció,

no se si para bien o para mal,

no se si para siempre

y no se como sentirme al respecto,

si celebrar o llorar,

probablemente olvidar sea lo más sensato,

pero todo mundo sabe que insensato es mi segundo nombre

y tampoco sé como actuar

¿Así se siente la libertad?

Realmente estoy confundido,

pero a lo mejor esta es la mejor señal que nunca pude haber pedido.

¿Le haré caso?

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Eso que dice la gente


La gente siempre habla,

dice muchas cosas,

da consejos sin que se los pidan.

Te aconseja por ejemplo;

que no sueñes demasiado,

que te aleja de la realidad

¿y si es precisamente lo que estoy buscando?

Te dicen que no esperes demasiado,

que te van a decepcionar una y mil veces,

pero mil veces lo han hecho ya,

mil veces el corazón roto

y miles de lágrimas he llorado sin sentido

¿Qué más da si pasa una vez más?

Me he caído muchas veces

y me ha costado levantarme.

Pero hoy estoy de pie.

La gente te dice que nunca es la persona indicada,

pero los ves encadenados en sus errores.

La gente dice que vayas a la izquierda,

cuando quieres ir a la derecha

y que subas a una colina que solo va de bajada.

Con ese escepticismo crecemos,

vivimos,

escuchamos,

amamos

y morimos.

Y si somos crédulos no hay mañana para nosotros.

Es difícil este mundo de polos opuestos sin escalas de grises,

donde entre el si y el no nunca cabe un tal vez,

donde la gente sigue diciendo lo que no quieres escuchar

y donde distinguir el consejo bueno del emponzoñado es una misión imposible,

donde a la gente no le cuesta hablar

y  herir al hablar,

donde el paraíso siempre está en otra vida

¿Y si yo lo quiero encontrar en esta?

Y la pregunta es,

después de todo lo que dice la gente

¿Vale la pena sentir dolor o nunca sentir nada?

Tal vez, por una vez, elegir el camino donde estén las rosas

y si me tocan espinas,

irme a curar,

pero si me tocan las flores,

habrá valido la pena no escuchar eso que dice la gente.

Los funerales de la Abuela


I.

Es difícil el momento en que no tienes elección de vestirte de negro, esta mañana cuando elegía las prendas sin color y me las iba poniendo me temblaron las manos. No me había pasado antes. Ya había pasado por esta clase de episodios en mi vida, pero ahora a mis treinta años, probablemente sea la ocasión que lo he hecho con más conciencia, con más peso en el corazón.

II.

Preparar todo es muy difícil, poner de acuerdo a tantas personas al mismo tiempo y sobre un mismo asunto es una tarea titánica, todos piensan, todos sienten, todos creen algo diferente y a diferentes ritmos. Muchos deciden que es lo mejor para todos, lo mejor para la gente, otros recurren a la idea de que fue lo que mi madre hubiera querido, que es lo que ella nos dijo que quería que se hiciera. Hay quién no dice nada, hay quién no para de hablar, hay quién hace todo, hay quién no tiene fuerzas para hacer.

III.

Los funerales de pueblo tienen algo interesante, mueven a las personas de donde estén para venir a presentar sus respetos; dejan de la lado labores, preocupaciones, intereses para venir a rezar, para platicar con viejos conocidos que solamente ven en los velorios y para decir adiós a alguien que ya no les va a oír. Esto es bello de verdad, pero a la vez tiene un poco de estrés para los deudos, que ni bien pueden parar para llorar su pena porque tienen que atender a los que vienen de tan lejos, ofrecerles su casa, invitarles a comer, cenar, ayudarles a conseguir una medicina o procurarles que fulanito vendrá a saludarles, así como prometer visitas futuras que nunca se darán.

IV.

En un momento la sala está abarrotada, no hay lugar para caminar, ni para respirar, sales a la calle y el montón de fumadores haciendo sus hábitos y charlas. La surrealidad de ver un lugar lleno, de los que están cerca del cajón sin parar de rezar o de llorar, los que están más lejos con risas y abrazos, parece que la cercanía al lugar del difunto fuera la que determina el estado de ánimo de los presentes. Y a la vez de rincón en rincón entre tanta gente hay personas solas, cabeceando, leyendo, pensando, sufriendo, todos en este lugar, todos en la misma situación, todos juntos, pero muchos solos.

V.

También hay que resaltar que es difícil poder atender a un muerto, hasta esta parte de la vida se llena de trámites en los que los deudos deben correr a realizar, que si falta el papel A, que el B hay que ir a tramitarlo a tal oficina con el Lic. Urrutia, que no encontramos el papel C, el documento D tardará dos horas en llegar; que hay que correr a apartar la misa, que hay que ir a avisar en el panteón, que el doctor que declaró también tiene que firmar el acta. Bastante engorroso es morirse al parecer, las cosas deberían ser un poco más fáciles para entonces.

VI.

Siguen los momentos un poco más angustiantes, los que van más cercanos a la separación del cuerpo del difunto, no de la persona que ya nos dejó atrás hace un par de días, sino a la representación física de ese ser al que le guardamos cariño. Caminar hasta el templo, porque en este pueblo todo se hace caminando, llegar a  misa y si eres familiar entrar caminando con el ataúd para descubrir que no hay lugar para reposar las penas; hacer guardias por tiempos en las cuatro esquinas, sollozar, recordar, llorar. Y luego ver quien dice las palabras de despedida y agradecimiento, un momento tan difícil y doloroso en el que el valiente o al que no le quedo otra cosa más que hacerlo habla a veces torpe, a veces lindo, pero siempre con todo el corazón y con un nudo en la garganta, a veces aguantado las ganas de llorar y a veces sin poder evitarlo.

VII.

El camino al cementerio pesado bajo el sol, quién es optimista dice que al menos no está lloviendo y aunque en este pueblo la fisionomía de sus calles hacen que sea todo de bajada, de todos modos parece que se tiene que subir la cuesta más alta. Se entran por las puertas en las que ya no saldrá el difunto, se dispone a orar una vez más aunque se haya rezado sin parar casi por dos días. Hay quién no se puede contener y hay quién pone música porque es lo que la abuela, lo que la madre quería, que no lloraran, que escucharan sus canciones, difícil no llorar cuando la abuela escuchaba muchas canciones tristes. Se baja el cajón y se bajan ladrillos y mezcla, al final también hay que construir. Se dejan flores que muchos prometen regresar a regar y que muy pocos tendrán voluntad de regresar a hacerlo, se dan los pasos más pesados al salir del camposanto, el ciclo está terminado, ahora la abuela vive en el solamente en nuestras memorias.

VIII. 

Los familiares se reúnen una vez más en casa de la abuela, se ponen a cenar porque la mayoría no tuvo tiempo de comer en todo el día, a recordar, a contar todas esas historias que siempre empiezan con un “¿Te acuerdas?”, otros todavía se tratan de explicar el porque, otros más no dejan de llorar y los más pragmáticos que no quieren parar de hacer cosas para no caerse, se ponen a planear el novenario, ese que a ella le hubiera gustado. Hay quién se anima a brindar, hay quien no deja de ver las fotos y luego uno a uno empiezan a despedirse, a dejar sola la casa, a no mirar atrás hasta que la casa de la abuela deja de serlo, porque la abuela era la casa y no al revés y así quedará como una finca que sigue en pie, pero que ya no tiene ese corazón que la hacía latir que se llama abuela y que es como todos la vamos a recordar.

P.D. Discúlpenme haber puesto en palabras una situación como esta, pero al vivirla es tan surreal que a veces tenemos que contárnoslo a nosotros mismos para entenderlo, para saber que pasó, no se si todo fue verídico o si le agregué cosas, pero también es la manera de procesarlo y de ir avanzando en estas situaciones y de no olvidarlo todo.

P.D.2.  La foto no es mía, la tomé de Internet. 

Fugacidad


Mis ojos no se abren por completo,

hay algo en su realidad que ya no les deja ver,

no son ojeras,

no es el suficiente cansancio,

es la dosis de que las cosas no han salido como las planeaste.

Ya son 30 años,

¿Quién diría que llegaría hasta aquí?

Viviendo de engaños

y muriendo en cada desengaño,

solo falsedades al abrir cada puerta,

solo relojería suiza hecha en China.

Me pedí olvidarlo

¿Pero si me quedan 30 años más de vida,

cómo hacerle para seguir si olvido y no aprendo?

No sé en que momento se me fue este tiempo

y aunque a la vez el dolor parece eterno,

la fugacidad de todo,

incluso de los sentimientos,

son la clave de mi vida.

Tal vez mañana baje un poco el ritmo y el tiempo no me tenga contra la pared.

Comenzar a vivir


Jamás recuperaremos ni los segundos y aunque los consideremos insignificantes, al final imploraremos por un segundo más.

La vida nos pasa y nosotros la desperdiciamos con 5 minutos más pegados al celular, con 5 minutos más de peleas innecesarias, con 5 minutos más de vídeos de YouTube.

Y así es el tren de la vida, en un momento te tocará verte al espejo y preguntar “¿Cómo llegué hasta aquí? ¿En qué momento paso todo esto?” Y aunque sabemos que tenemos la respuesta y sabemos que pudimos cambiar de camino, la verdad es que no lo hicimos y que ya no es momento de volver atrás, porque nada nos devolverá ese tiempo, ni una oración, ni el Dios más poderoso, ni el deseo más encarnado, ni la magia más blanca, ni si quiera la más negra.

Y seguimos dando vuelta a las páginas y nos falta tiempo para detenernos a pensar, aún sabiendo todo el que hemos desperdiciado, seguimos haciéndolo, la negligencia ya nos corre por las venas y no nos detenemos a decir “ahora sí, en este instante y momento, voy a comenzar a vivir”.

Por piedad, hazme este favor, y hazlo para ti mismo, sal a la calle y respira y prométete con todo tu corazón que de hoy en adelante no desperdiciarás el tiempo y comenzarás a vivir. Hoy.